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ORANDO
¡Oh, Señor de la Piedad,
quien sino tú.
aliviará mis penas
y la angustia de mi canto!
Cuando el cisne desgarbado.
viejo, solitario y agobiado,
apenas aletea
por las orillas del lago,
yo débil y malsano.
también triste, abandonado,
le ruego a mi asistente,
me arrime al acantilado.
Desde allí en el sillón
observo a mi compañero.
Quisiera cubrir sus plumas
con la manta entre mis manos,
la misma que cobija,
mis viejas piernas cansadas.
Desde la altura lo miro, por horas,
sin pereza y sin descanso.
Por momentos no se mueve,
cual bicho de exposición que
haya sido embalsamado.
La lluvia moja sus plumas,
sin piedad y sin reparo,
triste lo observo impotente,
anudado entre la hierba,
apenas, rozando el lago.
Alguna vez fue pequeño,
alguna vez fue empollado,
debería parecer un pato feo,
mojado.-
Pero el tiempo hizo su obra,
ni pato, ni ganso,
ya adulto se paseaba,
vanidoso y lujurioso
entre sus pares del lago.
Era el cisne de los cuentos,
blanco príncipe alado.
Hoy está viejo y enfermo,
como yo, se aferra al lago.
No quiere irse, no puede,
tal belleza que ha embriagado
a miles de visitantes,
vil pecado sería.
cobardía, abandonarlo.
Lo observo desde mi silla,
las ruedas firmes al pasto,
la manta en las rodillas
las flacas piernas tapando.
Lo hago cada mañana
y no resuello hasta el ocaso.
Tanto nos parecemos, tanto,
que si se mueve, me muevo,
que si se aquieta, me callo.
Tan similares somos,
viviendo en el mismo campo.
Él agoniza en el lago,
y yo, en mi lecho verde,
algo más arriba,
sobre el acantilado.
Le he prometido algo
a mi cisne bien amado:
el que se vaya primero
llevará al otro, al otro lado.
Desde el barco de Caronte
divisaremos el lago, otro, cualquiera,
otras hierbas, otros barrancos
agua y pastos, otro campo,
para cobijarnos,
estrenando otro escenario.-
Carlos Costa Grajales
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